Limitaciones que nos hacen crecer

Cuando se te cierran los atajos no te queda más remedio que afrontar de cara y con alegría todas las curvas.

La vida es limitada por definición. Y llena de límites diarios que a veces fingimos que no vemos, porque nos obligarían a ser más modestos. Pero conocerlos y asumirlos no siempre nos encoge, también nos puede hacer crecer. Cuando eres consciente de lo que no puedes hacer, te concentras mucho más a sacar todo el jugo de lo que sí tienes al alcance.

Hace poco he descubierto un ejercicio interesante. Caminar al aire libre un rato con los ojos cerrados. Del brazo de alguien en quien confíes mucho, claro. Impresiona notar como al instante los otros sentidos se amplifican, y de repente te llegan los olores, el calor del sol, el viento, los sonidos de cuando pisas las hojas o las piedras. Cierras una puerta y se abren solitas un montón de ventanas.

Ocurre lo mismo cuando la salud te pone a prueba y los tratamientos exigentes te obligan a ir haciendo renuncias. Duele aceptar cada “no” forzado, las actividades que no podrás hacer de momento, las que ya no podrás hacer nunca más. Tiene un punto doloroso y otro de liberador. Sueltas peso, y te puedes verter en cuerpo y alma a lo que te queda, si aprendes a dejar de lamentar lo que pierdes.
Los malos días te enseñan a vivir con euforia los días buenos. Y el miedo a morir hace que se esfumen todos los miedos del vivir. Tienes un tablero de juego más reducido, menos fichas, y la banda sonora no es la más animada. Pero si te lo tomas con serenidad quedan muchas partidas para jugar y puedes decidir aún como bailas la música que te ponen.
La vida continúa, y cuando se te cierran los atajos no te queda más remedio que afrontar de cara y con alegría todas las curvas.