Nunca discutas con un imbécil

¿Qué coste social tiene un aparato sociomediático que da voz al que más grita, que confunde la mala educación con la valentía, que reduce los debates a anécdotas y ha convertido el escándalo en entretenimiento?

No discutas nunca con un imbécil: te llevará a su terreno y una vez allí te ganará por experiencia. Esta máxima conocida sintetiza a la perfección el caso Trump. Espero que pierda, y aún así no habrá nada que celebrar. Habrá ensuciado la campaña, convirtiendo la desacreditación personal en tendencia, creando debates lamentables y bajando tanto el listón que tendremos que acabar felices de haber evitado el mal peor. Vaya sociedad más resignada, que no puede ni debatir a fondo ninguna solución porque debe dedicar todas las energías a ahuyentar a un energúmeno peligroso convertido en problema.

Fingimos sorpresa al ver que un personaje así sea atractivo y haya llegado tan lejos, sin asumir que estamos creando el caldo de cultivo ideal para este tipo de perfectos imbéciles: arrogantes, sin escrúpulos y hoscos. ¿Por qué un estafador que no paga impuestos es tan rico? ¿Por qué un racista y machista tiene tantos aduladores a su alrededor? ¿Por qué el poder es tan incómodo para el talento y en cambio hace que individuos tan siniestros se sientan en él como en casa? ¿Qué coste social tiene un aparato sociomediático que da voz al que más grita, que confunde la mala educación con la valentía, que reduce los debates a anécdotas y ha convertido el escándalo en entretenimiento?

Ocurre en las organizaciones, en el trabajo, en todas partes. El molesto, el provocador, que por regla general suele ser persistente, termina acaparando la atención de todos, gana protagonismo y marca la agenda. Puede acabar consiguiendo que actúes sólo en contra de él y saca lo peor de ti: te descentra, te descoloca. Hace que te obsesiones, que pierdas los papeles. Es un desgaste que no nos podemos permitir. La clave es siempre detectarlos y frenarlos antes, pero esto requiere un cambio profundo, una sociedad madura y respetuosa que ignore la provocación barata y admire más los valores que los resultados a cualquier precio. Una sociedad que no les ría las gracias a los imbéciles ni cuando la tienen.